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miércoles, 1 de diciembre de 2010

.Odio esa manera de ignorar el mundo, la maldita indiferencia que, lejos de estar contenida en tarros de cristal, se desparrama por los suelos y trepa por las paredes de mi cueva como si ese territorio fuese suyo y yo fuese sólo una invitada.
Detesto, por otro lado, esa manera de decir adiós, y para esto no encuentro más justificación que mi propia misantropía. La detesto igual que adoro el sosiego verbal y el modo en que las palabras se mecen en el sonido ambiente como si fuesen las hojas de un maizal con la brisa cálida de verano.
Adoro también el intranquilo bienestar que me inunda mientras bebo tratando de no sostener la mirada y la paz que me proporciona la vuelta a casa.
Me produce cierta curiosidad la emoción que se asoma tras las puertas y nunca se anima a entrar en este terreno, es como cuando tienes ganas de llorar pero las lágrimas sólo se dignan a quedarse en las pestañas del párpado inferior. En realidad, no sé por qué lo hace, porque mi emoción siempre ha sido muy curiosa, pero debe de ser que esta vez hay algo que la retiene, y no la culpo, es más, ni siquiera me molesta que no entre a charlar.
Y ya no es que odie, ni adore, ni me produzca curiosidad, es que la indiferencia se me contagia y empiezo por no interesarme en absoluto por los fotogramas del pasado, y lo peor es que tampoco me interesan los del futuro. Y aquí ando, sin andar, claro, preocupada en absoluto por la temporalidad y sin proyecciones de futuro que incluyan filtros cálidos. Parece que todo me importe un bledo, y así es.
He estado intentando evitar(te) a toda costa en estas líneas, por si no lo habías notado.
Y, aunque venía a ponerme moñas, me parece que lo que he conseguido es que esta historia me produzca la misma indiferencia que hace unos minutos, cuando comencé a escribir; así pues, deduzca.

martes, 3 de agosto de 2010

.Una vez me contó en medio del café que follar con él era distinto, y no supe qué cara poner.
Empezaré desde el principio, de acuerdo.
Habíamos quedado en mi cafetería preferida, que solía estar llena siempre pero aquel día parecía haber sufrido un exterminio, porque no había ni rastro de otra vida humana ajena a la de la camarera.
Pedí mi clásico solo con hielo de verano y ella pidió su clásico café vainilla. Empezó a contarme de los de aquí, de los de allá, y de los de más acá hasta que llegó a él.
Me dijo que había conocido a alguien completamente maravilloso que le hacía sentir especial, y supuse que era uno de esos romances pasajeros que acostumbraba a coleccionar, hasta que me dijo su nombre y sus atributos físicos, y tuve que disimular muchísimo, pero aún así tuve que justificar mi expresión diciendo que la descripción no coincidía con el tipo de chicos que ella acostumbraba a frecuentar.
Me dijo que en eso precisamente estaba la gracia, en que era algo completamente revolucionario para ella, algo que había conseguido romper por completo todos sus esquemas. Le dije que sí, que era maravilloso, y entonces fue cuando empezó a hablarme de sus vaivenes de índole carnal.
Empezó a contarme lo maravilloso que era hacer el amor con él (porque hacían el amor en lugar de follar), y yo, mientras escuchaba su voz como un murmullo lejano, recreaba en mi mente mis momentos junto a él.
Ella no paraba de hablar, se la veía emocionadísima de veras, y yo, que estaba al borde de una taquicardia severa, concluí esa conversación diciendo que nos habíamos pasado la vida intentando encontrar al tipo que fuese bueno en la cama y que tuviese un comportamiento adecuado en todolodemás, y que cuando lo encontramos igual se desvanece pronto por cualquier estupidez.
Entonces se quedó muy seria, le dije que yo pagaría la cuenta y que tenía que irme inmediatamente.
Si están pensando en que lo primero que hice tras salir de la cafetería fue derrumbarme, se equivocan, lo primero que hice fue llamarlo para preguntarle si era feliz con su nueva chica, y su respuesta fue que sí, que era la mitad de feliz de lo que lo fue conmigo, y eso le hacía sentir el hombre más afortunado del mundo.