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miércoles, 13 de junio de 2012

En la vida no hay retroceso, y en caso de haberlo, es siempre un error garrafal.
Pasas la vida huyendo hacia delante porque lo que hay detrás de ti se va desmoronando bajo tus pies dejando sólo una nebulosa de recuerdos, cicatrices y sonrisas tatuadas. Te das cuenta de que quieres a tus padres no sólo porque te hayan dado la vida sino porque, entre otras cosas, son los únicos que saben soportar tu soberbia sin hacerte daño. Te rodeas de gente y seleccionas a los que serán tus amigos, te das cuenta de que a veces eliges mal y te regodeas en el error hasta encontrar la salida. Y así siempre. 
No hay retroceso. La gente se va, tú te vas, los ritmos empiezan a ser cada vez más desiguales y te quedas con los recuerdos e intentando estirar los brazos lo máximo posible para no perder a los que más quieres. Y, si lo deseas realmente, lo consigues. Aunque la otra persona esté en Cáceres, en Sicilia, en México o en Nueva Delhi. Lo consigues. Porque la comunicación nos da el poder de unir y de separar lo que queramos.
Por eso amo la comunicación. Porque es la última esperanza que me queda para confiar en la humanidad.