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jueves, 28 de octubre de 2010

.Nadie me pidió que hablase, y no hablé. Entonces llegó alguien que me dijo que me sentase, que tomase aire antes de vomitar toda la tristeza que contenían mis ojos y que no esgrimiese los recuerdos más oscuros que se escondían detrás de mi nuca. Y no era mi plan, pero comencé a hablar. Hablé del tiempo y de sus armas de doble filo, y de la suerte, de los malabares que podía hacer. Hablé de lo mucho que me había costado susurrar mis miedos y de lo mucho que me había dolido que éstos, una vez fuera, se volviesen furiosamente contra mí. Miré por la ventana, pero no había nada que me impidiese seguir hablando, así es que, como una autómata, continué con mi voz aletargada narrando las historias que nunca sucedieron pero que inventé sólo por decorar aquellas paredes blancas que parecían querer derrumbarse justo encima de mi cabeza.
Y le conté que tenía miedo, miedo de seguir así; de andar perdida, registrando en los baúles, buscando lo que sabía que jamás iba a encontrar.

1 comentario:

ilusión dijo...

:)
como me gusta como escribes