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miércoles, 13 de junio de 2012

En la vida no hay retroceso, y en caso de haberlo, es siempre un error garrafal.
Pasas la vida huyendo hacia delante porque lo que hay detrás de ti se va desmoronando bajo tus pies dejando sólo una nebulosa de recuerdos, cicatrices y sonrisas tatuadas. Te das cuenta de que quieres a tus padres no sólo porque te hayan dado la vida sino porque, entre otras cosas, son los únicos que saben soportar tu soberbia sin hacerte daño. Te rodeas de gente y seleccionas a los que serán tus amigos, te das cuenta de que a veces eliges mal y te regodeas en el error hasta encontrar la salida. Y así siempre. 
No hay retroceso. La gente se va, tú te vas, los ritmos empiezan a ser cada vez más desiguales y te quedas con los recuerdos e intentando estirar los brazos lo máximo posible para no perder a los que más quieres. Y, si lo deseas realmente, lo consigues. Aunque la otra persona esté en Cáceres, en Sicilia, en México o en Nueva Delhi. Lo consigues. Porque la comunicación nos da el poder de unir y de separar lo que queramos.
Por eso amo la comunicación. Porque es la última esperanza que me queda para confiar en la humanidad.

lunes, 3 de octubre de 2011

.Vuelvo, una vez más, al asunto de la comunicación. Sí, la comunicación, ese fenómeno. Probablemente sea uno de los conceptos más amplios que me he atrevido a tratar de una manera relativamente profunda. Y, dentro de todas las ramas que posee este fenómeno, que son incontables y con innumerables matices cada una de ellas, me resulta hoy especialmente interesante la comunicación que tenemos con nosotros mismos.
Partiendo de una definición puramente etimológica, la comunicación supone poner algo en común con alguien. Ahora bien, cuando nosotros mismos somos nuestro propio receptor, la cosa cambia, y, si por algún casual consideran ustedes que por ser nuestros propios receptores la comunicación se vuelve más sencilla, les diré que fracasan estrepitosamente en sus elucubraciones.
Cuando nos disponemos a comunicarnos con nosotros mismos, teniendo en cuenta que conocemos nuestros propios miedos y miserias, surge la increíble y peligrosa posibilidad de esquivarlos con absoluta maestría y en ocasiones con unas consecuencias nefastas.
Esto nos convierte en absolutos desconocidos para nosotros mismos, algo que puede resultar extremadamente interesante a la par que desconcertante.
Para concluir, les diré que se queden con el 50% de lo bueno y con el 50% de lo malo que todo esto conlleva. Y así, todos contentos.

sábado, 13 de agosto de 2011

.Sentí que todo mi orgullo y mi rabia caían dentro de una espiral de desconcierto al comprobar que me estaba sintiendo como dentro de una canción de Hombres G. No vayan a pensar que todo esto me hacía sentirme orgullosa de mí misma, ni mucho menos, pero la sensación de autoextrañamiento era bastante peculiar y no voy a negarles que aportaba un toque pintoresco a la situación.
Después de sumergirme y nadar durante meses en esta espiral me di cuenta de que una en estos terrenos no puede ir demasiado lejos si no conoce la metodología del otro, y las dudas acerca de ésta producen una especie de pústulas que se infectan y provocan una sensación horrible. En mi caso en concreto tengo que decirles que, pese a mi máster en pesimismo innato, lo único que una quiere es que todo salga bien, y no tener que llevar por estandarte el título de aquella preciosa canción del viejo Van: te he confesado tardíamente que te quiero. Ni tardíamente ni precozmente, pero actuar de modo oportuno cuando se tiene la noción del tiempo y las circunstancias un tanto distorsionados resulta complicado.
Aunque, bueno, ya sabemos que las posibilidades de que todos estos inciertos anhelos se cumplan igual es un poco remota.
No me dejéis hablar más a estas horas y menos con tormentas de verano de por medio.

domingo, 17 de julio de 2011

.En términos de comunicación, aprecio una tendencia muy acusada en las personas en general, o, como mínimo, en las personas con quienes más relación tengo. El hecho en cuestión es que, cuando tenemos algo extremadamente importante que decir, no sé si por cuestiones de idealismo o por qué en concreto, lo camuflamos y comenzamos a tratar compulsivamente otros temas de fondo mientras bordeamos la figura de nuestro argumento principal (que probablemente sea el motor de nuestra comunicación con esa persona o grupo) mediante argumentos ideológicos principalmente, lo que no deja de ser una muestra de la cobardía humana y de nuestra capacidad para eludir determinados aspectos de la vida. Esto, a mi parecer, deja entrever que, por diferentes que seamos unos de otros, las necesidades y debilidades a fin de cuentas vienen a ser las mismas en cualquier caso. Al margen de esto, también tengo que decir que me he percatado de que la ruptura con este fenómeno al que acabo de hacer referencia es más eficiente cuanto mayor sea la espontaneidad con que se aborde el tema en cuestión.
Dicho esto, y dado que no son horas, considero conveniente retirarme si ustedes, estimado y escaso público, no encuentran inconvenientes en ello.

viernes, 7 de enero de 2011

.Creer, en cambio, que en determinados momentos la mejor opción es quedarse inmóvil, petrificado, hacer como si no sintieses el mundo. Hablo del encerramiento en el interior, que puede ser el lugar más inhóspito y desconocido incluso para uno mismo. De este modo, ya no habrá que desempeñar roles ni controlar la comunicación gestual para que sea ésta quien sirva de guarnición a las palabras.
No obstante, la realidad es algo más complejo que todo esto, es transversal al ser humano, aparece incluso cuando no quieres que eso suceda y te obliga a reaccionar constantemente, te empuja a participar en su juego macabro de soledades acompañadas, tu escondite ya no es hermético aunque te empeñes en mantener lo contrario; la realidad se ha colado por todas partes y es prácticamente imposible que puedas mantenerte mucho más tiempo en tu ajada crisálida sin reaccionar ante el tráfico de acontecimientos que se despliega ante ti.
Tal vez puedas conseguirlo, sí, pero por cuánto tiempo?

lunes, 15 de noviembre de 2010

.En mitad de mi trabajo acerca del modo en que las ONG's comunican, acaba de llegar a mi mente como un destello un par de frases que pronunció delante de una clase de hormonas con 14 años mi profesor de Ciencias Sociales, que sería mi profesor de Historia hasta abandonar el instituto con 18: "los países pobres van a seguir siendo pobres mientras que los países ricos sigan queriendo ser ricos. Si éstos últimos explotan sus recursos y sacan partido de la lamentable situación en que todos ellos se hallan, tened claro que seguirán haciéndolo si eso les ayuda a afianzar su poder en el mundo".
Pedro Colmenero tenía toda la razón del mundo; y me maravilla la idea de que pueda seguir repitiendo esas frases a todos los cursos a los que dé clase, porque sólo con que una persona tomase conciencia de ellas, se obtendría una gratificación.

jueves, 28 de octubre de 2010

.Nadie me pidió que hablase, y no hablé. Entonces llegó alguien que me dijo que me sentase, que tomase aire antes de vomitar toda la tristeza que contenían mis ojos y que no esgrimiese los recuerdos más oscuros que se escondían detrás de mi nuca. Y no era mi plan, pero comencé a hablar. Hablé del tiempo y de sus armas de doble filo, y de la suerte, de los malabares que podía hacer. Hablé de lo mucho que me había costado susurrar mis miedos y de lo mucho que me había dolido que éstos, una vez fuera, se volviesen furiosamente contra mí. Miré por la ventana, pero no había nada que me impidiese seguir hablando, así es que, como una autómata, continué con mi voz aletargada narrando las historias que nunca sucedieron pero que inventé sólo por decorar aquellas paredes blancas que parecían querer derrumbarse justo encima de mi cabeza.
Y le conté que tenía miedo, miedo de seguir así; de andar perdida, registrando en los baúles, buscando lo que sabía que jamás iba a encontrar.

lunes, 16 de agosto de 2010

.Prometí escribirle la mejor de las historias, mostrarle el reverso de mi corazón, que estaba cubierto de algodón por dentro.
El otro día lo ví (después de tanto tiempo) y me costó mucho intentar parecer natural delante de él y de sus palabras como cuerpos, y cuando digo mucho probablemente no entiendan la intensidad con la que lo refiero.
Se me antojó pensar después de aquella noche que justo cuando nos encontramos en una situación complicada es cuando, casi sin notarlo, escribimos las mejores historias. A menudo los ojos se convierten en la pluma, y la tinta se desliza por las pestañas, esparciéndose a través del espacio que dista entre dos cuerpos, y llegando a atrapar al otro interactor.
Dependiendo de cómo escriban nuestros ojos, al contrincante se le atrapa de un modo u otro, y ganar la partida, dependiendo del contexto, tiene relación en gran medida con las distancias que guardamos.
Os prometo que, si supieseis cómo son sus ojos, su pelo, su voz y las formas de su cuerpo, entenderíais, aunque sólo fuese una pequeña parte, mi sensación de pérdida cada vez que se marcha. Porque el vacío que acostumbra a dejar su ausencia es nuestra distancia al final de una conversación multiplicada por el número que va antes de llegar al infinito.

viernes, 6 de agosto de 2010

Estábamos en la terraza tomando alcohol cuando me preguntó por qué, así sin más.
Yo estaba con las manos apoyadas en la barandilla helada, sintiendo los huesos del Febrero más tibio de mi breve existencia, y le pregunté que por qué qué en concreto.
Empezó otra vez con esa jodida risa que me provocaba una horrorosa y violenta incertidumbre, y, sólo cuando vio un destello iracundo en mi mirada, sosegó y me preguntó: por qué estamos aquí? Pensé que estaba de un existencialista profundo y quise regalarle algún dardo mordaz, pero en seguida continuó expresándome lo rara que se le presentaba aquella situación, diciendo algo como que éramos dos personas de tiempos distintos y mundos parecidos que estaban ligados por una soga invisible más resistente en un lado que en otro que podía vencerse en cualquier momento.
No voy a negarles que aquello me sorprendió, estaría mintiéndoles.
Me acerqué un poco a él, lo suficiente para tocarle la barbilla, y le dije que el amor era puramente irracional, y que ahí encontraba yo la respuesta a su pregunta.

martes, 3 de agosto de 2010

.Una vez me contó en medio del café que follar con él era distinto, y no supe qué cara poner.
Empezaré desde el principio, de acuerdo.
Habíamos quedado en mi cafetería preferida, que solía estar llena siempre pero aquel día parecía haber sufrido un exterminio, porque no había ni rastro de otra vida humana ajena a la de la camarera.
Pedí mi clásico solo con hielo de verano y ella pidió su clásico café vainilla. Empezó a contarme de los de aquí, de los de allá, y de los de más acá hasta que llegó a él.
Me dijo que había conocido a alguien completamente maravilloso que le hacía sentir especial, y supuse que era uno de esos romances pasajeros que acostumbraba a coleccionar, hasta que me dijo su nombre y sus atributos físicos, y tuve que disimular muchísimo, pero aún así tuve que justificar mi expresión diciendo que la descripción no coincidía con el tipo de chicos que ella acostumbraba a frecuentar.
Me dijo que en eso precisamente estaba la gracia, en que era algo completamente revolucionario para ella, algo que había conseguido romper por completo todos sus esquemas. Le dije que sí, que era maravilloso, y entonces fue cuando empezó a hablarme de sus vaivenes de índole carnal.
Empezó a contarme lo maravilloso que era hacer el amor con él (porque hacían el amor en lugar de follar), y yo, mientras escuchaba su voz como un murmullo lejano, recreaba en mi mente mis momentos junto a él.
Ella no paraba de hablar, se la veía emocionadísima de veras, y yo, que estaba al borde de una taquicardia severa, concluí esa conversación diciendo que nos habíamos pasado la vida intentando encontrar al tipo que fuese bueno en la cama y que tuviese un comportamiento adecuado en todolodemás, y que cuando lo encontramos igual se desvanece pronto por cualquier estupidez.
Entonces se quedó muy seria, le dije que yo pagaría la cuenta y que tenía que irme inmediatamente.
Si están pensando en que lo primero que hice tras salir de la cafetería fue derrumbarme, se equivocan, lo primero que hice fue llamarlo para preguntarle si era feliz con su nueva chica, y su respuesta fue que sí, que era la mitad de feliz de lo que lo fue conmigo, y eso le hacía sentir el hombre más afortunado del mundo.